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Bunbury: especies en peligro

De Enrique Bunbury (Zaragoza, 1968) se ha dicho mucho, algunas veces de manera positiva, las menos, otras de manera negativa, las más. Imitador de Jim Morrison, sobreactuado, excéntrico, divo, teatral, excesivo, pagado de sí mismo… éstos son algunos de los adjetivos que han acompañado, y acompañan, al músico maño.

Sin embargo, detrás de esa aparente máscara superficial, tras el Bunbury mediático, se encuentra el Enrique reposado, artista integral, admirador de las cosas bien hechas, inquieto e innovador, un tío de los que, dentro del mundillo, vive por y para la música, sin poses ni artificios, así, natural, porque él es así.

Y lo demuestra no sólo en las distancias cortas, donde es mucho más Enrique y menos Bunbury, sino en las letras de sus canciones como, por ejemplo, en Los restos del naufragio, donde nos cuenta que nos quedan “canciones que llenan los corazones, sobre todo las de los demás”, mostrando esa admiración profunda que nace de la humildad por los “amigos que no nos quieren cambiar”.

Bunbury es, en definitiva, un artista único y genial que, como los buenos de verdad, no deja indiferente a nadie. Te podrá gustar o lo podrás odiar, pero nunca se englobará en ese cajón oscuro y efímero que es el de la mediocriodad, lugar en el que se sitúan la gran mayoría de los supuestos músicos de hoy en día. Ese lugar en el que jamás encontraremos a artistas como Bunbury, una especie en serio peligro de extinción y, curiosamente, nada protegida.

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