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Conciertos, eufemismos y afonías

Un concierto sólo se suspende por dos motivos: uno, por falta de beneficios o dos, por incapacidad del cantante. En el resto de los casos, da igual que llueva o truene, que nieve o ventee… el espectáculo debe continuar.

En el primer caso, es decir, la suspensión por motivos económicos, suele producirse siempre antes del concierto. Uno o dos días antes del mismo, se utiliza el eufemismoafonía del cantante” para no decir la verdad, algo así como “la sala donde se pensaba dar el concierto tiene un aforo para 5.000 personas y sólo llevamos vendidas 150 entradas”.

Este caso puede ser resultado de dos cosas. La primera, una mala elección, tanto del grupo, como de la sala. No puedes traerte a unos desconocidos a Las Ventas, por ejemplo. Ve a lo seguro, elige una sala pequeña, con unas 150-200 personas, tienes el lleno garantizado y, muy probablemente, dejes un buen sabor de boca. Ya llegarán los conciertos multitudinarios si el boca-oreja funciona adecuadamente. Pero, claro, queremos el éxito ya y el pelotazo inmediato (el segundo motivo de fracaso), es decir, el cuento de la gallina de los huevos de oro. Y, como siempre, la avaricia rompe el saco y hay que cancelar el concierto. Porque no vamos a perder pasta, eso está claro.

La incapacidad del cantante (o del grupo, que también puede ser) es otro eufemismo, normalmente camuflado de afonía (esto vale para todo), aunque en realidad, lo que se quiere decir con ello es que está (o están) tan absolutamente inconsciente debido al cóctel de drogas y alcohol que lleva en su cuerpo, que es incapaz de tenerse en pie más de tres minutos, lo cual, evidentemente, le imposibilita físicamente para un concierto.

Este segundo caso, mucho más siniestro, suele producirse unas horas antes de que comience el espectáculo y es uno de los curritos de la organización (es decir, servidor) el que tiene que salir a decirles a los miles de energúmenos hasta arriba de todo (dicho esto con todo el cariño), que se marchen a sus casas, que no va a haber concierto, mientras uno reza a todo lo rezable para que la lluvia de objetos que cae sobre el escenario no le alcance (angelitos), concluyendo que la miseria que uno cobra no merece arriesgar la vida de esa manera.

Y todo por los eufemismos y las afonías, por no llamar a las cosas por su nombre. Pero claro, que no se haga un concierto por una afonía es una cosa, y que no se haga por una borrachera, es otra muy diferente. Porque las estrellas tienen que seguir siendo estrellas.

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