El humo llenaba sus ojos
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El humo llenaba sus ojos

Y allí estaba ella, cantando Smoke gets in your eyes en aquél tugurio infecto, uno de esos en los que el jazz suena a magia pura, uno de esos en los que nació hace ya muchos años, uno de esos antros que, afortunadamente, jamás aparecen en las guías de viajes.

Allí estaba ella, con su vestido negro, con su piel de ébano y su alma del mismo color, del color del jazz, cantando de esa manera que sólo se escucha en esos benditos lugares olvidados, lejos de los Madison Square Garden y los casinos de Las Vegas, donde la música aún es pura y hermosa, donde no hay industria ni promociones, donde no hay flashes ni ruedas de prensa, donde, aunque parezca mentira, la música sigue siendo lo que una vez fue, entre el humo de los cigarros y el alcohol de las botellas, una maravillosa mezcla de acordes y voces, sin trucos ni artificios, desgarrada y melancólica, directa al corazón, fea en las formas, perfecta en el fondo.

Ese tipo de música que nunca llenará las carpetas de los adolescentes, ni falta que hace, pero que, a diferencia de la que sí puebla esos lugares, es eterna, encerrada en los entrañables tugurios de mala muerte, esperando el día en el que el adolescente crezca y, si no se ha convertido en un perfecto gilipollas, casi una utopía en estos siniestros tiempos que corren, sea capaz de apreciar el arte, acudiendo a uno de estos lugares a escuchar cómo suena la música de verdad mientras el humo llena sus ojos.

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