Jacko: la delgada línea roja (o blanca)
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Jacko: la delgada línea roja (o blanca)

La línea que separa la genialidad de la locura completa es, según se ha dicho siempre, muy fina. Lo que sucede es que, en estos casos, esa locura se camufla de extravagancia.

No nos engañemos. Eso es sólo una cuestión de términos. El concepto es el mismo. Independientemente de la fama o el dinero que uno posea, si se está como una chota, se está como una chota. Y punto.

Y el caso que hoy nos ocupa es uno de los más significativos. Michael Jackson, niño prodigio e indiscutible rey del pop durante los lejanos años ochenta, está para que lo encierren.

Una cosa es saber que eres bueno o, si me apuran, que eres el mejor y, otra muy diferente, creértelo. Y ése ha sido el problema de Michael, que se ha creído su propio talento, indudable, por otra parte, porque, dejando a un lado los gustos personales, cuando a un artista le contemplan más de 30 años de trayectoria y uno de sus discos, Thriller, es el más vendido de la Historia de la Música, pues algo quiere decir.

Sin embargo, ese genio que una vez fue negro, a día de hoy es un despojo, el resultado de años de vanidad y de, estoy convencido, algún mal golpe en la cabeza durante la infancia.

Porque si, efectivamente, la línea que separa la genialidad de la locura es muy fina, desde donde se encuentra Michael, es sólo un puntito. Un puntito negro, por supuesto, pero están trabajando para blanquearlo. Para que haga juego con el que está como las maracas de Machín.

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