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Mi vida como punk

 Me movía con la cómoda ferocidad de la manada. Eran tiempos de All-star y pantalones apretados. De remeras desteñídas con leyendas que horrorizaban a mis tías gordas. De noches largas y puntiagudas en las calles, pateando bolsas de basura.

Yo tenía un walk-man que era insólitamente pequeño para la época, algo así como el tamaño de una enciclopedia.

Yo escuchaba The Clash, Pistols y Ramones. Yo, lo sabíamos, lo sabía, era un punk.

Por entonces no tenía más metas que comprender el anarquismo y redescubrir cada día que el sistema era una perfecta porquería.

Ni más amores que mi perro.

Por entonces era tanto más joven y audaz, tanto más lleno de ideales, tanto más abierto a luchar por lo que fuera.

Después, vino el después.

El después es un lugar al que uno va cuando los walk-man se quedan sin baterías, las suelas de las All-Star se abren y los pantalones no logran abotonarse.

El después te despierta un domingo haciendo la cola para el Mc Donald’s en el centro comercial. Te cachetea con la promesa del lavarropas en cuotas, los números del seguro social, los créditos con tasas variables y la feroz comprensión que el mundo no cambia, sino que cambia uno.

El después es este andén gigante donde leo periódicos y compro cucherías, el tren del punk, hace largo rato partió…

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