La radio, magia pura, ha ido, desde su nacimiento, estrechamente ligada a su hermana mayor, la música, creadora de ilusiones y la primera de las Artes principales.
Sin embargo, lejos han quedado ya esos tiempos en los que a base de “tú y yo lo sabíamos, esto va a ser tres, dos o uno” (se te sigue echando mucho de menos, amigo), llegaban a nosotros las voces de los grupos punteros del momento.
Lógicamente, a medida que avanzan las tecnologías, multitud de grupos que ya no tendrían cabida en las radios de hoy que, por supuesto, ni de lejos son lo que eran, llegan a nuestros equipos de música.
Porque, lamentablemente, las emisoras de radio han perdido casi todo el romanticismo que antes destilaban y, salvo unas cuantas honrosas excepciones (por cierto, una de esas excepciones hoy me cumple años, así que, felicidades, Juliette), el resto navega entre la mediocridad y el servilismo porque, y sé que esto no es ninguna novedad, las radios forman parte destacada de lo que se suele llamar “industria musical”, con sus escasas virtudes y su multitud de defectos.
Menos mal que, aunque intenten conseguir un pensamiento único, peligrosa maniobra por otra parte, el talento, aunque sea a lomos de mula, termina por salir a la luz y llega a la gente que, contrariamente a lo que ellos piensan, de tonta no tiene ni un pelo.
Pero claro, ellos siguen pensando que fue el vídeo el que mató a la estrella de la radio, sin darse cuenta que, en realidad, quien la mató o, al menos, lo está intentando es, como casi siempre, el vil metal.
