Hay estilos musicales que, como la materia, ni se crean ni se destruyen, simplemente se transforman.
Y, uno de los estilos más proclives a ese transformismo musical (a veces, incluso estético), es la música disco.
Nacida en la década de los 70, como su propio nombre indica, es un tipo de música concebida para ser bailada. Nada más y nada menos. Es decir, como siempre, lo difícil es hacer que algo parezca sencillo.
Nombres como Diana Ross o Gloria Gaynor sentaron las bases de un movimiento musical que traspasó las puertas de las discotecas con la película Fiebre del sábado noche y el eterno tema central de la misma, interpretado por los Bee Gees.
En su momento, a principio de la década de los 80, se abrieron multitud de escuelas de baile donde se enseñaba a bailar tal y como lo hacía Travolta en esa mítica cinta.
En 2001, cuando el movimiento discotequero parecía inmerso en ritmos más electrónicos, cuando todo tenía la etiqueta dance, precedida de algún epíteto diferenciador y, más o menos, estúpido(euro-dance, latin-dance, pop-dance, chichinabo-dance), aparecieron en la escena internacional los Scissor Sisters.
Procedentes de Nueva York, herederos de toda la cultura glam de los clubes de la ciudad, mezclando la estética setentera del mejor Bowie junto con los ritmos más puros de las discotecas y la ambigüedad sexual, agitándolo todo pero no removiéndolo, como diría aquel, sorprendieron al mundo con un disco homónimo que olía a éxito por todos las pistas.
Hace unos meses lanzaron al mercado su segundo trabajo, Ta-Dah, donde confirman, gracias a esa maravilla de primer single llamado I don’t feel like dancing, que han venido para quedarse.
Las bolas de espejo nunca mueren.