Escrito por Tendenzias

Una grabación flamenca

Igual que les sucede a los héroes de las viejas películas de guerra, de cuando en cuando me visitan los fantasmas pasados. Unas veces, las menos, son de los que asustan o de los que provocan escalofríos, otras, las más, recuerdos entrañables de los entresijos del mundo de la música.

Éste es uno de los segundos. No todas las experiencias en el mundo de la música fueron bonitas, por supuesto pero, haciendo balance, uno siempre se queda con lo bueno. También influye el estado de ánimo, está claro, así que, de momento, esperando un día en el que esté cabreado con el mundo, contaremos las historias simpáticas. Una de ellas, al menos.

Fue la primera vez que participé en la grabación de un disco flamenco y, aunque me habían hablado de ello, no pensé que fuera para tanto. Normalmente un disco convencional se graba en un par de semanas, entre ensayos y sesiones de grabación. Suele ser un proceso bastante mecánico, pues los ensayos finales ya están muy trabajados y se va a tiro hecho, sabiendo perfectamente qué es lo que se quiere. Voces por un lado, música por otro. Como las piezas de un coche, después se ensambla todo. Habitualmente, como os decía.

En este caso, el proceso fue muy diferente. Normalmente sólo se encuentra gente implicada directamente en el disco, es decir, músicos y cantantes a un lado del cristal, técnico y productor al otro lado. Por eso, cuando empezaron a llegar familias enteras, con niños pequeños y todo, uno empezó a darse cuenta de que, efectivamente, la grabación iba a ser poco convencional.

De pronto, el estudio se convirtió en una fiesta. Las personas ajenas a ella, es decir, nosotros, no teníamos nada que decir. Acostumbrados a dirigir el proceso, nos vimos fuera del mismo, así, sin comerlo ni beberlo. Nada nos retenía pero, incomprensiblemente, no podíamos abandonar el estudio.

La grabación se prolongó durante toda la noche, con los únicos intervalos necesarios para renovar las existencias de alcohol que, por supuesto, no pararon de agotarse durante todo el proceso.

Finalmente, la fiesta terminó tal y como había empezado. Las familias recogieron sus pertenencias, niños incluidos y, después de discutir sobre la propiedad de varios de los equipos del estudio, la grabación del disco terminó.

Cuando nos quedamos solos, el técnico y yo nos miramos, con el agotamiento reflejado por todos los poros de nuestro cuerpo, rezando a todo lo rezable para que hubiese algo salvable en todo ese esperpento que habíamos vivido. Lo más sorprendente del caso fue que, no sólo había resultado una experiencia única e irrepetible, sino que también, resultó ser uno de los discos más auténticos y con más personalidad de todos en los que he trabajado. Y eso que, mientras duraba aquella fiesta, no daba un duro por él.

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