Hace unos cuantos años (aunque siga pareciendo que fue ayer), servidor trabajaba en una de esas radios que hacen de la música su medio de vida (no diremos cuál, que cada uno elija la que considere más apropiada) y, un buen día, vaya usted a saber el motivo, nos llevaron de cena a unos cuantos “elegidos”.
En la misma, pues lo que se suele ver en este tipo de reuniones. Artistas (o “aspirantes a”), productores, periodistas y locutores (todo un mundo aparte que algún día trataremos), representantes, la pléyade habitual de chupópteros y sabandijas y, por supuesto, ego, mucho ego (del talento ni hablamos pero el ego, que no falte, por favor).
En la mesa contigua a la que me encontraba yo, se sentaba una de estas aspirantes a estrella, acompañada de su novio, marido o lo que carajo fuera, charlando muy amigablemente con un productor musical medianamente conocido.
El detalle sería el más común en este tipo de reuniones si no fuera porque la mano de la muchacha (que, por supuesto, también permanecerá en el anonimato, aunque se admiten apuestas…) se posaba, así como quien no quiere la cosa, en el muslo del productor, acariciándolo de manera más o menos familiar.
Como uno ya es perro viejo en estas lides, enseguida averiguó, antes de pensar mal, que la susodicha acababa de conocer al otro individuo lo que, inevitablemente, me hizo sonreír, indicarle con un sutil comentario a la chica que estaba a mi lado y con la que entonces salía, la escena que se estaba produciendo (sin ningún tipo de disimulo, por otra parte… hablo de ellos, no de nosotros), acompañando el gesto de un susurrado “esta chica llegará lejos”.
Y, efectivamente, a los pocos meses se publicó su primer disco en España y, curiosamente, producido por el protagonista masculino de la anécdota.
