Escrito por Tendenzias

Una noche con Miles Davis

A lo largo de los años en los que he trabajado en el mundo de la música, las giras, los conciertos… lo que, en el mundillo, se conoce como trabajar en el rock and roll, uno ha tenido la oportunidad de conocer gente de lo más variado.

Hoy me ha venido a la memoria, aún no sé bien porqué, uno de los personajes más carismáticos que tuve la oportunidad de conocer.

Se trataba de un músico de jazz, pianista para más señas. Un tipo negro, enorme, de edad indefinida, que podría tocar los 40 con la punta de los dedos o saludar de lejos la sesentena y, como decía él, del lugar donde nació el jazz, Nueva Orleans.

Era un tío amable y cariñoso, de los que merece la pena conocer, de esos que les reconoces mil historias en la mirada, pero que te las cuentan con una humildad absoluta.

La humildad de la gente que tiene talento de verdad.

Y, precisamente, la historia que me contó tiene mucho que ver con esa palabra, tan olvidada con excesiva frecuencia en el mundo de la música.

Su historia se ambientaba a finales de la década de los 60, cuando él estaba trabajando en uno de los clubes de jazz más famosos de toda Nueva Orleans, el Snug Harbor.

Allí se encontraba él, sentado a su piano, con el resto de su grupo, deleitando al personal con jazz del bueno, con ese que se toca con el alma.

Y, en un momento dado, uno de los espectadores se acerca al grupo mientras hacían un descanso y les cuenta que a él también le gusta mucho el jazz, que toca la trompeta y que si les importaría que improvisaran unos cuantos temas.

Estuvieron tocando casi tres horas y, según me contó el pianista, fue una de las noches más memorables de la historia.

Porque ese tío, el trompetista espontáneo, el mismo que les había pedido con toda la humildad del mundo que si podía improvisar con ellos, era, nada más y nada menos, que Miles Davis.

Y, la verdad, no sé si la historia será cierta o no, pero, como bien me dijo aquel tipo enorme con mil historias en la mirada, es algo que a día de hoy, no sucedería.

Y, lamentablemente, tenía y, sigue teniendo, toda la razón del mundo.

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