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Van Morrison, Janis Joplin y la cruda realidad

Detrás de los escenarios suceden multitud de cosas, unas se pueden contar y otras forman parte de lo que podríamos llamar secreto profesional.

Esta es una de esas historias que pertenecerían al segundo grupo, al de las que nadie debería conocer, es decir, las verdaderamente interesantes.

Los músicos tienen, de vez en cuando, las mismas necesidades que cualquier hijo de vecino. Ríen, lloran, se enamoran y se despechan con la misma facilidad que los demás pero, eso sí, con ciertas diferencias.

Hace unas décadas, Van Morrison y Janis Joplin protagonizaron uno de esos encuentros.

Una mirada, una sonrisa, un par de cafés y, de repente, nadie sabe ni cómo ni porqué, allí estaban ambos, en la habitación del hotel, liberando la energía retenida, lo que, en términos técnicos se conoce como echar un buen polvo.

Hasta aquí, la historia no difiere en casi nada a cualquiera que podríamos protagonizar nosotros.

El matiz, como siempre, viene después.

En un momento dado, mientras la buena de Janis le practicaba sexo oral al gran Van Morrison, ella, con ese encanto que sólo tienen las estrellas, detuvo su faena un instante, lo que aún puede ser común a nuestra historia paralela.

Imagino la cara de Van Morrison incorporándose en la cama, contemplando a Janis mientras pensaba “¿por qué te has parado?” porque, independientemente de lo artista que uno sea, en esas situaciones, todos pensamos lo mismo.

Entonces ella, imagino que contemplando al infinito por unos segundos para después mirar directamente a los ojos al de Belfast, pronunció la frase que hace que esta historia sólo pueda ser protagonizada por ambos.

“Sí, somos feos… pero tenemos la música”.

Y seguro que no fue el mejor momento, al menos para Van Morrison pero, lo que es indudable, es que se trata de una verdad como un templo.

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